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Columna El Mostrador por Juan Escrig, director Science Up Usach

Creemos que el Mundial trata de fútbol. En realidad, es una de las mayores demostraciones de conocimiento humano jamás organizadas. Y quizás la mejor metáfora para entender el verdadero desafío que enfrenta Chile en el siglo XXI. 

El Mundial ya ha comenzado y millones de personas ya lo están viviendo. Se nota en las conversaciones de pasillo, en las discusiones sobre los favoritos, en los pronósticos imposibles y, sobre todo, en el ritual que se repite generación tras generación: abrir un sobre de láminas y buscar con ansiedad esa imagen que tanto anhelabas para completar el álbum.

Hay algo extraordinario en ese momento. Un niño observa la fotografía de su jugador favorito. Un padre recuerda el Mundial que vio cuando tenía su misma edad. Un grupo de personas intercambia láminas repetidas. Durante algunas semanas, personas que no comparten casi nada encuentran un lenguaje común.

Creemos que estamos hablando de fútbol, pero en realidad estamos observando algo mucho más profundo: la capacidad humana para generar conocimiento, compartir experiencias y construir relatos colectivos que atraviesan generaciones y fronteras.

Porque detrás de cada lámina, de cada partido y de cada transmisión existe una historia que rara vez aparece en las portadas deportivas. De hecho, es posible que detrás de una sola transmisión del Mundial exista más capacidad científica y tecnológica que la que acompañó a toda la organización de la primera Copa del Mundo en 1930.

El balón que rodará por las canchas es resultado de décadas de investigación en materiales avanzados y aerodinámica; los jugadores serán acompañados por sistemas capaces de monitorear en tiempo real su rendimiento físico y prevenir lesiones; los árbitros contarán con tecnologías de visión artificial que hace apenas unos años parecían propias de la ciencia ficción; y para que miles de millones de personas puedan observar simultáneamente un partido desde cualquier rincón del planeta, deberán funcionar de manera coordinada satélites, fibras ópticas, centros de datos, algoritmos de inteligencia artificial y algunas de las infraestructuras tecnológicas más complejas que la humanidad ha construido.

Lo más interesante es que nada de esto nació pensando en el fútbol. Los descubrimientos que hoy admiramos comenzaron mucho antes, en laboratorios, centros de investigación y universidades donde científicas y científicos intentaban responder preguntas cuya utilidad práctica muchas veces era desconocida.

La historia de la ciencia está llena de ejemplos similares: investigaciones que parecían abstractas en su origen terminaron transformando industrias completas y redefiniendo la forma en que vivimos, trabajamos, nos comunicamos e incluso disfrutamos del deporte.

Esa es, probablemente, la lección más importante que nos deja el Mundial. Las grandes transformaciones no aparecen de un día para otro ni responden a ciclos de corto plazo. Se construyen durante décadas y requieren inversión sostenida, formación de talento, instituciones sólidas y una convicción colectiva de que el conocimiento importa incluso cuando sus beneficios todavía no son visibles.

Lo que hoy admiramos como innovación, suele ser el resultado de decisiones tomadas muchos años antes por personas que apostaron por comprender el mundo sin saber exactamente cuáles serían las aplicaciones futuras de ese esfuerzo.

Pero existe una dimensión aun más fascinante. Lo extraordinario del Mundial no es solamente que reúna a los mejores futbolistas del planeta, sino que logre sincronizar la atención de miles de millones de personas alrededor de una experiencia compartida. Esa capacidad de cooperación masiva es una de las características más notables de nuestra especie. Es la misma capacidad que permitió construir universidades, desarrollar vacunas, crear internet, explorar el espacio y producir el conocimiento que hoy hace posible el propio Mundial.

Por eso resulta tan llamativa una contradicción que aparece una y otra vez en el debate público chileno. Celebramos la innovación cuando llega convertida en tecnología. Admiramos los países que lideran el desarrollo científico. Nos sorprendemos con los avances de la inteligencia artificial, la medicina o las telecomunicaciones. Sin embargo, todavía discutimos la ciencia y la tecnología como si fueran gastos que deben justificarse permanentemente, cuando el propio Mundial demuestra exactamente lo contrario.

Ninguna de las tecnologías que veremos durante las próximas semanas habría existido si alguien hubiera exigido resultados inmediatos a quienes las desarrollaron. Las sociedades que hoy lideran la economía del conocimiento entendieron algo fundamental: la prosperidad del futuro depende de las preguntas que una generación se atreve a formular en el presente. Mientras discutimos cómo aumentar la productividad, incorporar inteligencia artificial, diversificar nuestra economía o enfrentar el cambio climático, existe una pregunta previa que rara vez formulamos: ¿de dónde surgirán las ideas capaces de hacerlo posible?

La respuesta, en el fondo, siempre es la misma: las ideas que transforman sociedades surgen del conocimiento. Surgen de las escuelas donde se despierta la curiosidad, de las universidades donde se forman profesionales y se generan descrubrimientos, y de los laboratorios donde investigadoras e investigadores exploran problemas que muchas veces parecen abstractos, hasta que un día terminan transformando industrias completas.

Por eso el verdadero partido del siglo XXI no se juega en una cancha, sino en la capacidad de los países para crear conocimiento, atraer talento, desarrollar ciencia y transformar ideas en oportunidades.

Dentro de algunas semanas una selección levantará la Copa del Mundo. Las cámaras apuntarán a los jugadores, los estadios celebrarán y millones de personas recordarán ese instante durante años. Pero cuando se apaguen las luces de los estadios y termine la celebración, seguirá existiendo otra competencia mucho más decisiva: la que enfrenta a los países que producen conocimiento con aquellos que dependen del conocimiento generado por otros; la que separa a las naciones que diseñan el futuro de aquellas que simplemente se adaptan a él.

Esa es la verdadera copa del siglo XXI.

Y es, probablemente, la única que Chile no puede darse el lujo de perder.

Columna de opinión publicada en El Mostrador (ver aquí)

A ocho años de la primera conmemoración del Día Internacional de las Mujeres Matemáticas, es posible observar avances, aunque también desafíos. Se ha producido una mayor visibilización del trabajo de las mujeres a nivel nacional, así como una presencia activa de académicas en investigación, docencia y divulgación. Este cambio no sólo se refleja en cifras de ingresos a carreras STEM, sino también en la instalación de la discusión sobre equidad de género como un eje relevante.

Sin embargo, aún existen barreras importantes. Persisten estereotipos de género asociados a las habilidades matemáticas, que muchas veces se internalizan desde edades tempranas y afectan la autoconfianza. Se suman factores estructurales, como la dificultad de conciliar la vida personal y profesional, que pueden limitar la permanencia y proyección de las mujeres en la disciplina.

Ha sido clave visibilizar el quehacer académico y promover la participación femenina desde etapas tempranas. La Conmemoración del Día Internacional de las Mujeres en Matemáticas y los Torneos Femeninos de Matemáticas, entre otras instancias académicas nacionales, han tenido un impacto positivo al permitir que las estudiantes compartan experiencias y se proyecten profesionalmente.

El camino en las matemáticas ha estado marcado por desafíos y logros. Durante mi formación de pregrado, fui parte de una generación donde era la única mujer, pero siempre me sentí una más dentro del equipo y aquello me permitió desarrollar confianza en mis capacidades. Aun así, ser una de las pocas mujeres implicó tomar conciencia de la importancia de la perseverancia.

El apoyo de mi familia, amistades y referentes fue fundamental. Compartir este tipo de experiencias puede ser valioso para las nuevas generaciones, ya que permite visibilizar que las trayectorias no son necesariamente lineales y que los obstáculos pueden superarse.

Fomentar el interés por la disciplina desde edades tempranas no solo fortalece habilidades, sino que también contribuye a una identidad positiva.

En mi caso, conté con referentes femeninos visibles desde el colegio, lo que fue clave para proyectarme en esta área y cumplir mi sueño.

Aún existe el prejuicio de asociar las matemáticas con una disciplina masculina o habilidades “innatas” más que desarrollables. Romper esquemas requiere visibilizar la diversidad de trayectorias y experiencias. Las referentes femeninas cumplen un rol en este proceso, no sólo como modelos, sino también como agentes de cambio que contribuyen a transformar la cultura académica hacia una más inclusiva y equitativa.

Por Paulina Sepúlveda Salas

Doctora en Ciencias Matemáticas, Portland State University, Estados Unidos, Jefa de la Carrera de Licenciatura en Matemáticas y académica del Instituto de Matemáticas de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Columna publicada en el medio nacional BioBio Chile

La continuidad de políticas, el respaldo a las comunidades académicas y la comprensión del carácter de largo plazo de la ciencia son elementos clave para sostener un ecosistema que permita avanzar.

La matemática, al igual que las ciencias básicas, no siempre produce resultados inmediatos ni medibles en el corto plazo.

Sin embargo, gran parte de los avances tecnológicos y científicos que hoy utilizamos nacieron precisamente de investigaciones que parecían abstractas o lejanas en su momento. Un libro científico no es solo papel empastado: es conocimiento disponible para estudiantes, docentes e investigadores de hoy y del futuro.

En este contexto, resulta inevitable reflexionar sobre las recientes salidas en espacios de liderazgo del ámbito científico.

Más allá de los nombres, estos cambios abren preguntas sobre cómo se valora la investigación y el conocimiento en la toma de decisiones. La continuidad de políticas, el respaldo a las comunidades académicas y la comprensión del carácter de largo plazo de la ciencia son elementos clave para sostener un ecosistema que permita avanzar. Cuidar estos espacios es también una forma de resguardar el futuro del desarrollo científico del país.

Columna por Galina García, Decana (S) de la Facultad de Ciencia USACH.

La siguiente columna de opinión fue publicada en el medio de comunicación El Mostrador (ver publicación aquí).

Las académicas siempre hemos tenido una responsabilidad con la sociedad que va más allá del laboratorio o el aula. Entregamos una visión del mundo construida desde nuestra experiencia, y esa experiencia tiene género. 

Durante décadas, la ciencia fue narrada mayoritariamente por voces masculinas, y esa narrativa moldeó lo que las niñas creían posible para ellas. Hoy, esa realidad está cambiando, pero cambiar no significa que el trabajo esté hecho. Al contrario: la mayor visibilidad que hemos alcanzado nos impone una responsabilidad aún más urgente. No basta con estar; hay que mostrarse.

Ser referente significa también demostrar que los espacios donde ocurren las cosas no están reservados para otros. Somos protagonistas de la investigación, del debate científico, del liderazgo de equipos, y tenemos la obligación de decírselo a las niñas y adolescentes que aún no lo saben. Porque cuando una joven no ve mujeres en esos espacios, concluye que no son para ella. Romper esa conclusión silenciosa es, quizás, el trabajo más importante que hacemos fuera de nuestras publicaciones.

Y esa responsabilidad hoy es mayor que antes, precisamente porque tenemos más visibilidad y más voz. Cada vez que una académica habla en público, publica un artículo, o simplemente aparece en una sala de clases o en una charla, está ampliando el horizonte de lo que otra mujer puede imaginar para sí misma. Eso es un acto político, aunque no lo parezca.

Con frecuencia se piensa que hay que renunciar a aspectos personales para avanzar en una carrera académica. Yo pienso exactamente lo contrario: en la medida en que somos más integrales, podemos fortalecer nuestra investigación. Investigamos mejor cuando hacemos lo que nos apasiona sin abandonar las otras dimensiones de nuestra vida. Mostrar la parte humana de las y los investigadores es importante porque existen muchos estereotipos sobre lo que significa serlo: personas solas, aisladas, incluso tristes. Eso es muy lejano de lo que yo vivo y de lo que observo en mis colegas.

Iniciativas como el Ciclo de Charlas “Ciencia Maestra: a qué se dedican las científicas” del Consorcio Science Up apuntan exactamente a cerrar esa brecha. Ver a mujeres reales, cercanas, con nombres y trayectorias concretas, permite a las jóvenes darse cuenta de que existen caminos que ya han sido recorridos por otras mujeres. Y eso las invita a soñar que ellas también pueden lograrlo. Mis propias referentes fueron mis profesoras, tanto en el colegio como en la Universidad. Ver mujeres fuertes y líderes en esos espacios marcó profundamente mi camino.

Finalmente, el estereotipo que más urge romper es el que instala una falsa disyuntiva: que elegir la ciencia implica renunciar a formar una vida fuera de la Universidad, a cultivar otras pasiones, a ser una persona completa. La vida científica es exigente, sí, pero esa exigencia no te limita; te desafía a crecer en todas las dimensiones. Cuando lo mostramos abiertamente, no solo inspiramos vocaciones. Estamos reescribiendo, de a poco, lo que significa ser científica.

Por Joyce Maturana Ross

Profesora de Biología y Ciencias Naturales, Magíster en Didáctica de las Ciencias Experimentales, Dra(c) en Didáctica de las Ciencias experimentales y académica del Instituto de Biología de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Recientemente se adjudicó el Programa “Innova en el Aula” del Consorcio Science Up.

Juan Escrig Murúa, Prorrector de la Universidad de Santiago de Chile y Director Ejecutivo del Consorcio Science Up en la Usach

En estas últimas semanas han surgido diversas iniciativas vinculadas al conocimiento: charlas abiertas, talleres familiares, intervenciones artísticas y, entre ellas, un festival universitario que reunió a la comunidad en torno a la ciencia. No es un hecho aislado. Es parte de una tendencia que crece silenciosamente en Chile: la búsqueda de espacios donde el saber deje de ser un territorio reservado y se convierta en una experiencia compartida, viva, abierta, capaz de convocar a personas diversas, con historias, intereses y horizontes distintos, pero unidas por la misma curiosidad por comprender mejor el mundo en que vivimos.

Porque la ciencia, cuando se abre a la ciudadanía, recupera algo que a veces olvidamos: su capacidad de convocarnos. De conectar la curiosidad infantil con las urgencias ambientales, la creatividad artística con la tecnología, la reflexión filosófica con los desafíos cotidianos. La ciencia es, en su esencia, un puente. Un espacio donde la pregunta se cruza con la emoción, donde los datos dialogan con las historias personales y donde la posibilidad de imaginar futuros más justos se vuelve una tarea colectiva.

El diálogo reciente entre ciencia, arte y humanidades, como proponen las iniciativas Ingeniería 2030, Ciencia e Innovación para el 2030 y Conocimientos 2030 de ANID, que invitan a las facultades a transformar sus modelos formativos e impulsar conocimientos, tecnologías y enfoques inter y transdisciplinarios- no es una moda pasajera. Es una respuesta necesaria a un momento complejo, donde las certezas se diluyen rápido y donde necesitamos nuevas maneras de comprender lo que nos ocurre como sociedad.

Las ciencias aportan modelos y evidencia; el arte ofrece sensibilidad y metáforas; las humanidades entregan contexto y sentido. Cuando estos lenguajes se encuentran, emergen relatos que ayudan a leer un país en transformación, un país que atraviesa tensiones profundas, pero que también busca esperanza y espacios donde reencontrarse.

Por eso son tan valiosas las iniciativas públicas y universitarias que integran estas dimensiones. No se trata solo de aprender algo nuevo, sino de experimentar el conocimiento desde otros lugares: con los sentidos, con la imaginación, con la comunidad. La Universidad de Santiago (Usach), con su tradición de institución pública y de puertas abiertas, ha demostrado una y otra vez que estos encuentros no solo son posibles, sino necesarios para fortalecer nuestra vida en comunidad. Ahí están la Feria Científica, los Conciertos Cielos, los recorridos históricos y patrimoniales, y tantas otras actividades que, año a año, reafirman que el conocimiento puede -y debe- ser una experiencia compartida, capaz de emocionar, sorprender y convocar a personas de todas las edades.

Chile aún mantiene una brecha profunda en cultura científica. No porque falten investigaciones -abundan grupos de excelencia y proyectos de frontera en todo el país- sino porque necesitamos más espacios donde la ciencia dialogue con la vida cotidiana. Espacios donde niñas, niños, jóvenes y personas adultas puedan tocar, preguntar, equivocarse, descubrir. Los eventos recientes, incluido el IV Festival de Ciencia 2025 organizado por la Usach, muestran que la ciudadanía sí quiere ser parte. Sí quiere escuchar y ser escuchada. Sí quiere entender cómo los avances científicos se relacionan con su salud, su entorno, su trabajo y su bienestar. Y eso importa.

En un tiempo marcado por la polarización, la desconfianza y la velocidad, detenernos un día para observar una demostración científica, escuchar un concierto inspirado en temas de ciencia, participar en un taller o conversar con investigadores e investigadoras puede parecer un gesto pequeño. Pero no lo es. Es un acto cultural profundo: un recordatorio de que pensar también es un derecho; que la curiosidad no tiene edad; que la ciencia puede transformarse en un abrazo social cuando se vuelve cercana, comprensible y humana.

Las iniciativas recientes, grandes o pequeñas, revelan un país dispuesto a emocionarse con el conocimiento. A reencontrarse en espacios donde la ciencia no divide, sino que abre puertas. Donde la colaboración desplaza al miedo, y la imaginación reemplaza al desencanto.

Tal vez ahí, en esa mezcla de preguntas, sensibilidad y comunidad, esté una de las claves para imaginar un Chile más dialogante, más informado y, sobre todo, más consciente de su propio potencial.

Columna de opinión publicada en Cooperativa aquí

Las universidades estatales han sido pilares fundamentales en la construcción del Chile moderno. Desde sus aulas y laboratorios han surgido avances científicos, movimientos sociales, líderes políticos y soluciones concretas a los grandes desafíos del país. A lo largo de la historia, estas instituciones no solo han formado profesionales desde Arica a Punta Arenas: han ampliado horizontes, democratizado el conocimiento y permitido que generaciones de familias chilenas -muchas de ellas primeras generaciones universitarias- den un salto decisivo en sus proyectos de vida. Ingresar a una universidad estatal no fue solo acceder a la educación superior, fue abrir una puerta de esperanza y transformación que antes parecía lejana.

Hoy, recogiendo esa herencia de transformación y compromiso, las universidades estatales enfrentan nuevos desafíos en un país que cambia a una velocidad inédita. El histórico descenso en la natalidad -documentado recientemente por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y analizado por diversos centros de estudios- plantea un futuro donde habrá menos estudiantes jóvenes ingresando a la educación superior. Este escenario nos desafía a reimaginar el rol de las universidades estatales: no solo como instituciones dedicadas a la formación de pregrado, sino también como centros dinámicos de educación continua y de formación de postgrado, capaces de acompañar a su ciudadanía en todas las etapas de su desarrollo.

Conscientes de que este nuevo Chile también exige instituciones más abiertas, inclusivas y representativas, las universidades estatales han fortalecido su compromiso democrático. Gracias a la Ley N° 21.094 sobre Universidades Estatales, promulgada en 2018, y al proceso de adecuación que culminó en 2024, se aprobaron nuevos estatutos que consagran una gobernanza más inclusiva y participativa.

En la Universidad de Santiago de Chile, mediante el Decreto con Fuerza de Ley N° 29 publicado el 30 de septiembre de 2024, se oficializó que académicas/os, estudiantes y funcionarias/os podían elegir a sus autoridades colegiadas. Este proceso, que se realizó la semana pasada, marcó un hito: fue la primera universidad estatal de gran tamaño en restituir plenamente el voto triestamental en órganos colegiados tras la dictadura. Esta recuperación no es solo un acto simbólico: es un reconocimiento profundo de que las buenas ideas, los liderazgos y los sueños para una mejor universidad pueden surgir desde cualquiera de los estamentos que componen nuestra comunidad. Aunque aún persisten desafíos, como avanzar en la plena incorporación de las/os profesoras/es por horas de clases en la participación institucional, este avance representa una renovación del espíritu democrático, inclusivo y de responsabilidad social que caracteriza a nuestras universidades públicas.

No obstante, es necesario reconocer que aún subsisten inconsistencias que deben ser resueltas para fortalecer de manera definitiva la democracia y la excelencia universitaria. La elección de rector o rectora, que sigue realizándose exclusivamente entre académicos/as -a diferencia de la elección de Enrique Kirberg en 1969, donde la participación triestamental era una realidad-, mantiene requisitos de elegibilidad que no exigen poseer grado de doctorado, a pesar de que este es el estándar requerido hoy para ingresar como académico/a a las universidades estatales. Esta incongruencia normativa resulta particularmente llamativa: mientras que a un nuevo académico o una nueva académica se le exige acreditar estudios de postgrado, para liderar toda la institución basta con contar con un título profesional de cinco años de duración. Esta brecha no solo es anacrónica, sino que también atenta contra el objetivo de alinear la excelencia académica con el liderazgo institucional.

Estas brechas, si bien aún persisten, no deben hacernos perder de vista el horizonte mayor: este avance debe ir inseparablemente unido al compromiso con la excelencia académica. Chile necesita universidades estatales de alto prestigio y calidad, que sigan siendo motores de movilidad social y de desarrollo nacional. Asegurar la acreditación institucional y de todas las carreras de pregrado y programas de postgrado ante la Comisión Nacional de Acreditación (CNA), mejorar continuamente los indicadores de desempeño en estándares internacionales reconocidos por la comunidad académica global -y no mediante redefiniciones locales alejadas de la realidad competitiva mundial-, y trabajar de manera sostenida para posicionar a nuestras universidades estatales entre las 10 mejores de América Latina, son metas ineludibles para honrar la confianza que el país deposita en su sistema público de educación superior.

Asegurar calidad y prestigio también implica comprender que la esencia de las universidades estatales no radica únicamente en transmitir conocimiento existente, sino en crearlo, cuestionarlo y expandirlo. En este sentido, la Ley N° 21.094 reafirma una verdad que ha estado presente desde el origen de nuestras universidades públicas: que la ciencia, la creación artística y la innovación son funciones esenciales de su misión. Desde sus inicios, las universidades estatales chilenas han sido centros de pensamiento crítico, de avances científicos y de exploraciones creativas que no solo impactan al país, sino que transforman la experiencia educativa del estudiantado.

Formarse en una universidad que investiga, que innova, que genera conocimiento nuevo, es profundamente distinto a estudiar en una universidad que se limita a la docencia. En una universidad científica, los y las estudiantes no solo aprenden respuestas: aprenden a formular preguntas, a pensar con rigor, a buscar soluciones en campos donde todavía no existen manuales. Ese es el verdadero sentido de la educación superior pública: formar personas capaces de pensar con rigor, de crear soluciones nuevas y de liderar los cambios que Chile necesita. No es construir castillos en el aire: es cimentar los pilares de una sociedad libre, justa y resiliente. Generar conocimiento libre y socialmente pertinente es, hoy más que nunca, la mejor herramienta para fortalecer la democracia y construir un país más sostenible y más humano.

Para impulsar esta misión, no basta la voluntad institucional. Se requieren también instrumentos de apoyo estratégico. En esta línea, el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación ha implementado el Programa de Financiamiento Estructural para Universidades (FIU), que entrega recursos para fortalecer la investigación científica, modernizar la infraestructura y consolidar redes de innovación y transferencia tecnológica en nuestras instituciones estatales. Pero el FIU no está solo: iniciativas como los programas de Innovación en Educación Superior (InES) -en sus componentes de I+D, Género y Ciencia Abierta- promueven el fortalecimiento de capacidades científicas, la equidad de género en investigación y la democratización del conocimiento. Asimismo, proyectos de transformación como Ingeniería 2030 -en el ámbito de las ingenierías-, Ciencia 2030 -focalizado en fortalecer las ciencias naturales y exactas- y Conocimientos 2030 -que impulsa la modernización de las humanidades, las artes y las ciencias sociales- están promoviendo una profunda renovación de la formación, la investigación y la vinculación con la sociedad en las universidades chilenas.

Hoy, Chile necesita universidades estatales fuertes: instituciones democráticas, de excelencia y profundamente comprometidas con el desarrollo de su ciudadanía. La ciencia pública, cultivada en sus aulas y laboratorios, no es solo un patrimonio que debemos preservar: es la energía vital que permite imaginar, construir y habitar el país que soñamos. Una universidad que investiga, que crea y que innova no solo forma profesionales: forma ciudadanas y ciudadanos críticos, creativos y capaces de liderar los cambios que la sociedad exige.

Fortalecer la ciencia en nuestras universidades estatales es fortalecer la democracia, la equidad y el futuro de Chile. Este año, en que nuevamente como ciudadanía elegiremos a quienes liderarán los destinos del país, sería fundamental que las y los candidatos presidenciales reconozcan el aporte histórico de las universidades estatales y se comprometan a fortalecerlas, entregándoles las herramientas necesarias para que, desde la ciencia y el conocimiento, puedan contribuir a resolver los grandes desafíos que enfrentamos como sociedad. Hoy más que nunca, las universidades del Estado están llamadas a ser el corazón vivo del conocimiento, la conciencia crítica y la esperanza de un país que está en transformación.

Dr. Juan Escrig Murúa

Decano de la Facultad de Ciencia Usach

Los recientes resultados del SIMCE 2024 vuelven a encender las alertas sobre una brecha de género que se amplía en matemática. Las estudiantes de 4° básico alcanzaron un puntaje promedio de 258 puntos, mientras que sus pares masculinos llegaron a 271. Una diferencia de 13 puntos, la mayor de la última década. 

Entre las múltiples causas, una de las más invisibilizadas en la infancia es la distribución de responsabilidades domésticas. ¿Nos hemos preguntado cuánto tiempo dedican nuestras hijas, sobrinas o estudiantes a estas tareas en comparación con sus pares masculinos? 

Una investigación realizada por Unicef en 2016 reveló que las niñas entre 5 y 14 años dedican un 40% más de tiempo que los niños de su edad, a las labores domésticas. Un equivalente a 160 millones de horas más. Solemos desconectar esta realidad con la ciencia y el hecho de que muchas niñas decidan no seguir carreras científicas, pero es algo que es urgente de reflexionar.

En una entrevista reciente, me preguntaron: “¿Qué hace una científica? Explícalo de manera sencilla para una niña de 10 años”. Pensé un momento y respondí que observamos el mundo, nos hacemos preguntas, formulamos respuestas posibles, investigamos, analizamos datos y sacamos conclusiones. Después de reflexionar sobre mi propia respuesta, me quedó aún más claro que el trabajo científico requiere concentración. ¿Cómo cumplir con estas exigencias cuando nuestra mente está saturada con preocupaciones domésticas y responsabilidades no compartidas?

No podemos ignorar que las mujeres siguen cargando con la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado, lo que impacta directamente en sus posibilidades de desarrollo académico y profesional. Es por esto que la corresponsabilidad es parte de lo que desde el Eje de Liderazgo y Participación Femenina del Consorcio Science Up en la Usach promovemos, pues es clave para acortar estas brechas.

Si realmente queremos que más mujeres se integren a la academia y se conviertan en científicas sobresalientes, debemos redistribuir las tareas del hogar y promover la corresponsabilidad. La equidad no es solo una meta educativa, sino una transformación cultural urgente. Reflexionemos sobre la brecha de género en educación y ciencia, porque la verdadera revolución no está solo en los laboratorios ni en las aulas, sino también en nuestros hogares.

Dra. Daniela Soto Soto
Coordinadora del Eje de Liderazgo y Participación Femenina
Consorcio Science Up
Universidad de Santiago de Chile

Carta al Director publicada en La Tercera aquí

SEÑOR DIRECTOR:

Quienes representamos a las universidades vinculadas al programa ANID “Ciencia e Innovación para el 2030”, consideramos atingente invitar a la ciudadanía a reflexionar sobre el porvenir de Chile como sociedad que anhela un desarrollo integral y sostenible, donde el conocimiento es un cimiento indispensable para abordar los desafíos de estos tiempos.

El incentivo a la creatividad promovido por estos proyectos, a través del quehacer de las facultades científicas de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Universidad Católica del Norte y Universidad de Santiago de Chile, refuerza el rol de nuestras universidades como ejes del desarrollo científico, tecnológico y social del país, con pertinencia territorial. En este camino, gracias a proyectos como el Consorcio Science Up, hemos dado vida a espacios creativos que visibilizan materialmente las ideas innovadoras, fomentando soluciones concretas a desafíos locales y globales.

Reconocemos el valor de iniciativas estatales como el Programa de Financiamiento Estructural I+D+i Universitario (FIU) y albergamos la expectativa de que las administraciones venideras instauren políticas que aseguren un financiamiento constante. Sin duda, esto articulará esfuerzos entre academia, industria y gobierno, capitalizando la experiencia de programas como el nuestro, para así construir un futuro más sostenible y basado en el conocimiento.

El país que visualizamos demanda esta alianza colectiva con el quehacer científico e innovador, como impulsores de un Chile con mayor prosperidad, sustentabilidad y equidad.

Alberto Monsalve González, Vicerrector de Investigación, Innovación y Creación, USACH

Luis Mercado Vianco, Vicerrector de Investigación, Creación e Innovación, PUCV

Mónica Guzmán González, Vicerrectora de Investigación y Desarrollo Tecnológico, UCN

Por Camila Retamal Contreras

Esta columna de opinión nace en el marco del curso electivo dictado en la Facultad de Ciencia y en la Facultad de Química y Biología: “Comunicación de la ciencia para público no científico”.

“Mujeres en la Ciencia” (Picture a Scientist) es un documental que expone a la luz los desafíos y obstáculos que se enfrentan las mujeres en el campo de la ciencia y su lucha constante por la equidad de género en este espacio. Por lo cual, esta obra cinematográfica, dirigida por Sharon Shattuck e Ian Cheney, tiene como principal propósito comunicar a través de experiencias las barreras sistemáticas y culturales que han limitado el avance de las mujeres en la ciencia.

Quizás para muchas personas la posibilidad de que las mujeres reciban menos reconocimiento por sus contribuciones científicas no sea tan relevante, ya que es muy difícil para muchos imaginarse a una mujer con un delantal blanco trabajando en un laboratorio y, de hecho, está demostrado que cuando se le ha pedido a un niño representar a una persona que se dedica en el campo de la ciencia, la mayoría de las representaciones son hombres.

Y en verdad no es culpa de la infancia tener estas concepciones sobre los científicos, los estereotipos de género en los medios de comunicación perpetúan la vista tradicional de las mujeres, y esto puede influir en las percepciones de los niños sobre nosotras, y es una de las reflexiones más importantes que suscita este documental, que es la persistencia de estas problemáticas en base al prejuicio y estereotipos arraigados en la sociedad, que influyen en la forma en que las mujeres son percibidas y valoradas en el ámbito científico, tecnológico, matemático, etc. Hemos vivido por siglos en un sistema donde el hombre ha sido el principal protagonista de los cambios y la evolución.

Un ejemplo canónico es el de Rosalind Franklin, su contribución fue fundamental para el descubrimiento de la estructura del ADN, pero en su momento no fue reconocida por tal hecho, después de su muerte la comunidad científica recién se había dado cuenta de que se le negó injustamente la autoría del artículo original de Crick y Watson. Aunque ella no fue la primera ni la última en atravesar este tipo de discriminación.

Pero, por otra parte, “Mujeres en la Ciencia” les demuestra a otras mujeres la importancia de la representación y el poder del modelo femenino, porque cuando las mujeres vemos a otras mujeres siendo exitosas en la ciencia, se crea una percepción de que nosotras podemos llegar a ser exitosas, alcanzar logros y por sobre todo desafiar estereotipos.

Me impresionó ver la resiliencia y la determinación de las científicas entrevistadas, ya que, a pesar de los desafíos y los obstáculos que enfrentaron, siguieron adelante con su trabajo científico y abriendo camino para las generaciones futuras, para hombres y mujeres, porque si bien la iniciativa es hacernos notar en este campo, tampoco es mirar en menos al otro, hay que lograr una verdadera igualdad de oportunidades y de género.

Todos somos parte del cambio, en construir entornos inclusivos y seguros, es de suma urgencia tratar estos temas y es un recordatorio poderoso del cual todavía hay mucho trabajo por hacer y lograr. La comunicación de estos problemas y la visibilización de estas barreras permiten generar cambios en las políticas, ya que se evidencian las consecuencias.

Gracias a esto se pueden sentar bases y medidas concretas para la construcción de una comunidad científica más equitativa, en términos de género, raza y origen étnico. Es importante tener una visión reveladora, porque nos incita a reflexionar sobre nuestras propias percepciones y acciones, y nos impulsa a trabajar juntos para un futuro más equitativo y justo.

Columna de opinión

Esta interrogante aparece de forma continua cuando se piensa en incorporar acciones que impulsen la participación de las mujeres en la ciencia. Algunos señalan, que ya no existen barreras entre los géneros para estudiar estas disciplinas o más aún, que no existen brechas a la hora de liderar y participar en proyectos de investigación o avanzar en su carrera académica. Sin embargo, esas mismas cifras dan a relucir que aún falta por avanzar en esta materia. 

Investigaciones señalan que desde los seis años a las niñas se les asocia menos a la brillantez frente a los niños. Ya en la adolescencia se muestran más reacias a tareas matemáticas y científicas. Llegado el momento de escoger una carrera, surge un fuerte efecto intergeneracional, pues reproducen las carreras de sus madres, generalmente más feminizadas. De esta forma, se fugan estos talentos a otras áreas.

Nada justifica que la mitad de la humanidad esté marginada de una de las actividades más importantes para nuestro desarrollo. Estamos al debe. Sólo el 30% de quienes realizan investigación son mujeres. Históricamente han estado infrarrepresentadas en el campo de las ciencias, debido a prejuicios y estereotipos de género arraigados en nuestra cultura.

Aumentar su participación es vital para lograr una sociedad más equitativa e inclusiva, algo que también reconocen instituciones de carácter internacional como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), al referir que su inclusión, aumenta la creatividad, la innovación y el pensamiento crítico en la investigación y desarrollo de soluciones para los problemas globales.

Las académicas son modelos a seguir y mentoras para la próxima generación de científicas, que al ver a referentes femeninas exitosas y empoderadas, pueden sentirse más confiadas en sus habilidades, tener el coraje de perseguir sus intereses y desarrollar al máximo su potencial.

Hay que reducir las brechas, como el orden cultural que atribuye al género masculino más capacidades que al femenino, debido a que, en la práctica, esto se traduce en posiciones de poder injustamente distribuidas y el no reconocimiento como seres en igualdad de derechos y deberes entre hombres y mujeres.

Revertir esto es una tarea que nos compete a todos y todas quienes trabajamos en estas áreas. Las instituciones deben generar un espacio y normativas que permitan lograr esta tarea, no tan solo en las universidades, sino también en las escuelas.

Hoy más que nunca es preciso una educación que derribe los estereotipos y la asignación de roles entre los géneros, relevando modelos femeninos en todas las áreas del conocimiento, con el objeto de visibilizar la importancia de una mayor participación y liderazgo de las mujeres en todos los campos y, en particular, en las áreas STEM donde las brechas son aún más acentuadas.

Entonces, volviendo a la pregunta, ¿por qué queremos más mujeres en la ciencia? Porque las necesitamos. Necesitamos a cada una de las investigadoras que puede realizar un aporte con su mirada y experiencia. Porque “cuando buscamos talento en una población entera, en lugar de sólo en la mitad de ella, se abren posibilidades infinitas” (Favill y Cavallo, 2014).

Eje de Liderazgo y Participación Femenina

Consorcio Science Up

PUCV, UCN y USACH